Saturday, July 01, 2006

sin titulo



Sintió una luz que venía de afuera de su ventana, abrió lentamente los ojos por miedo a lastimarlos. Ajustó su mirada a la oscuridad, la luz ya no era tan brillante, se levantó lentamente tratando de no hacer ruido. Sintió la madera crujir bajo sus pies, era un piso viejo, pero comparado con la casa, era relativamente nuevo. Había olvidado el calor que hacia, un calor húmedo que la hacía sudar más de lo normal. La camisa vieja que usaba de pijama se sentía pegada a su cuerpo, las letras que una vez fueron de varios colores, habían perdido su brillo, y dos ya no estaban.
Se quedó un momento viendo por la ventana, sin acercarse demasiado, por miedo a lo que pudiera ver. Su abuela le había contado muchas historias de esa casa; su abuela que había nacido y crecido ahí, que había criado a sus tres hijos, y vio crecer a dos de sus cinco nietos ahí. Esa casa era su vida, las paredes murmuraban sus historias en los días de viento, el piso había absorbido todas sus lágrimas, y ahora lloraba por ella. En ese lugar le dio un último beso a su esposo, y un último adiós a su madre. Ahora vivía sola, y la casa, una vez llena de risas, árboles y flores, dejaba crecer hierbas entre sus grietas y parecía crecer con el paso de los años.
Su abuela le contó en cuatro días, todo lo que no había podido en 18 años, dos menos de los que su mamá había dejado esa casa, con 1,500 pesos y una promesa de nunca volver. Le contó de varias noches en las que unas luces la despertaron, y otros días fueron voces, más dulces que la miel, que parecían provenir de las flores. Le contó todo lo que vio al asomarse por la ventana la primera vez, unas luces tenues que brillaban alrededor del manzano, y como, cada vez que sucedía, se acercaba un poquito más, para tratar de ver que era, hasta el día que salió, poco después de las dos de la mañana, y se paró debajo del árbol, donde las luces la fueron rodeando, y después de unos minutos, comenzaron a cantar.
- Cánticos antiguos- le dijo – letras que sólo las hadas conocen-.

Tomó otro paso hacia la ventana, esperando ver a su abuela, parada en medio de la noche, iluminando con una linterna o algo. No había nada. Decidió regresar a la cama.

Despertó empapada en sudor, con tres piquetes de mosquito, y mucha sed. Vio su reloj, marcaba 15 para las 12, se levantó, oyendo el ya familiar sonido de la madera bajo sus pies, y se asomó por la ventana, tal vez lo que había emitido la luz seguía ahí.
-De día no se ven- la voz la asustó, no había oído a su abuela entrar. – No sé si salen de día, pero sólo las he visto de noche – Negó haber visto algo, no conocía muy bien a su abuela, pero creer en hadas, parecía un signo de delirio senil.

Había llegado a casa de su abuela, a quién no conocía más que en fotos, hace unos días. Ninguna sabía nada de la otra. Se presentó como Ana, la hija mayor de Lucia. Pasaron varios minutos mirándose a los ojos. Ana vio la mirada distraída de su madre, y su abuela vio la tristeza de su hija menor en sus ojos. La abuela la abrazó, tratando de contener el llanto, que sin mucho esfuerzo, la derrotó. Ana no lloró, no sabía que sentir, no conocía a esta mujer, había decidido llegar a su casa, ya que no tenía dinero ni plan, y su madre le había prohibido volver.
Tras una deliciosa comida, le contó a su abuela lo que había pasado; le contó de las peleas constantes que tenía con su madre, de sus dos hermanos que habían dejado la escuela, preparatoria y secundaria, para irse a trabajar al otro lado, de su padre que llegaba a casa sólo los fines de semana, y de ella, de su vida, sus decisiones, y esa última pelea que le costó su casa y su familia.
Su abuela le preparó el cuarto que una vez había sido la terraza – Este es el único con baño propio, y da al jardín, así puedes entrar y salir cuando quieras -.
Pasó los siguientes dos días ayudando a su abuela en el jardín, leyendo libros viejos, y revistas que hablaban de artistas y películas que sólo encuentras en la sección de clásicos del video.

Estos recuerdos pasaron por su mente unos segundos antes de que su abuela la asustara.
- Saldré de compras – le dijo su abuela, sonando como si no hubieran hablado hace unos segundos – ¿necesitas algo? – Ana negó con dos movimientos de su cabeza. Su abuela salió, ella siguió mirando por la ventana. Oyó el arranque del motor, y como se alejaba. Tomó una libreta y una pluma de la mesita de noche, se dirigió a la puerta y salió. Nunca pretendió llegar con su abuela, pero fue lo más lejano de su casa que se le ocurrió en ese momento. Sus intenciones eran alejarse, ver si todo desaparecía como si hubiera sido un sueño, y tratar de iniciar una vida. Pero entre más se alejaba de casa, más entendía, esto era lo que era, ella era así no por elección, y aunque pensaba que si se aceptaba podría sonreír de nuevo, las palabras de su madre la volvían a tumbar. Se sentó debajo del manzano, abrió el cuaderno, y comenzó a escribir.

Su abuela estaba eligiendo verduras, no había nada nuevo en el carrito del mercado, sabía que ya no iba a ser necesario comprar para dos. Oyó muy dentro de su cabeza la voz de Ana, la nieta que acababa de conocer, mientras ella escribía y pensaba para sí.



Dos horas después regresó a la casa. Bajó las bolsas y acomodó todo en su lugar. Se dirigió al cuarto de Ana, entró cuidadosamente deseando verla frente a la ventana como la había dejado. El cuarto estaba vacío, iluminado por un sol que lo hacía sentir sofocado. Las sombras reinaban el piso, y en la cama una carta. No tuvo que leerla, había oído mientras Ana la escribía, sabía que eran las últimas palabras que su nieta escribiría, donde confesaba el secreto que la estaba comiendo por dentro, el secreto que hizo que su madre la corriera. También se despedía, y le agradecía por todo.

La abuela se encontraba en el jardín arrancando hierbas cuando dos policías llegaron.
- Buenos tardes Doreen- el primer policía que habló llevaba varios años trabajando, su cabello cubierto en su mayoría por canas, - tenemos que hablar -. Se levantó lentamente, se sacudió la tierra de sus manos, y los saludó.
- Temo que tenemos malas noticias – el segundo policía era más joven, - necesitamos que nos acompañes-. La abuela sacó la carta de la bolsa del pantalón, la abrió y se la entregó al segundo policía – Mi nieta dejó esto – el policía la tomó, tardó un par de minutos en leerla, miró a su compañero, y sin necesidad de palabras éste entendió, -Necesitamos que identifiques un cadáver, me temo que es tú nieta – el primer policía conoció a Ana el segundo día que estuvo ahí, mientras acompañaba a su abuela de compras.
Los dos policías y la abuela se dirigieron a la patrulla.

Ana despertó a media noche. Su espalda le molestaba. El calor había pasado, pero algo no se sentía bien. Ajustó sus ojos a la oscuridad, volteó a ambos lados, nada de lo que veía parecía real. Estaba sentada en una flor, las manzanas eran el doble de su tamaño, y abajo, viéndola, estaba su abuela.
- Tú naciste hada, se te dio una vida humana, pero el mundo fue demasiado pequeño para ti. Hiciste lo único que te quedaba por hacer. Me hubiera gustado verte crecer, que tuvieras una vida adulta, pero las hadas te encontraron antes. Oí como te llamaron aquella noche, y supe que pronto regresarías a ella. Tu familia no comprendió lo mágica que eras, y no aceptaron que eras diferente. No te sigas culpando por quien eres, eso no lo decidiste tú, ni nadie. Entraste ahora en un mundo diferente, donde no hay prejuicios y sé que serás feliz.
Tú naciste hada, y tuviste que morir para transformarte en una.
Ama a quien quieras, y cuida de quien lo necesite, yo vendré cada noche a verte, pero sé que pronto te acompañaré.
Naciste hada por destino, eres bella y fuerte, no dejes que te hagan creer lo contrario, y despliega tus alas para que por primera vez puedas vivir-.

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